Martes, 09 de febrero de 2010
Publicado por fcom @ 18:14  | Opini?n
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La población haitiana sufre las devastadoras consecuencias de un seísmo.
Su situación resulta muy difícil de superar actualmente. De hecho, necesitarían décadas para volver a la normalidad. Pero la normalidad de Haití no se parece a la que disfrutan los países desarrollados.

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Desde el día 12 de enero, la actualidad del pequeño país caribeño se ha convertido en la actualidad de la mayoría del resto de países, presente en todos los medios de comunicación. Se habla de la reconstrucción de Haití, de la ayuda internacional, de los proyectos que se están desarrollando para llevarlos a cabo en los años venideros. Se han prometido ayudas millonarias por parte de las primeras potencias, como Estados Unidos o China, pero lo cierto es que una mínima parte de estas promesas se ven cumplidas, según demuestran experiencias anteriores, como el reciente tsunami en el sur de Asia.

La situación de Haití era muy compleja antes del terremoto, antes de que todos los ojos se centraran en Puerto Príncipe, antes de que las enfermedades originadas por la catástrofe natural comenzaran a hacer mella en la población, hacinada en las calles y los campos; antes de que la solidaridad internacional se volcara en buenas intenciones, ya existían enfermedades muy diversas y desoladoras que mantenían al país sumido en la pobreza. Entre ellas, el virus del sida, el cólera, la desnutrición, la corrupción política y el abandono por parte de la comunidad internacional.

Cabe preguntarse entonces por qué nadie ha reparado en ello antes del seísmo y si el tratamiento al que se va a someter ahora al paciente enfermo será acorde con el diagnóstico.

Haití necesita ayuda efectiva y prolongada, más allá de los titulares en los medios de comunicación –aunque también-; y un compromiso de cooperación firme entre la comunidad internacional y el propio gobierno haitiano, y debería perseguir dos objetivos: por un lado, construir desde los cimientos una economía y una sociedad libres de la enfermedad que marca la historia de los últimos siglos del pueblo haitiano; por el otro, demostrar la buena voluntad de los países privilegiados con el cumplimiento de sus promesas.



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